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Dios en medio de los escombros

Hay momentos en los que las preguntas acerca de Dios dejan de ser teóricas. Después de un desastre, cuando una familia contempla su vivienda dañada o destruida, cuando alguien busca a un ser querido o cuando una comunidad intenta recuperar una sensación mínima de seguridad, la pregunta adquiere un peso diferente: ¿dónde está Dios cuando la tierra se abre, cuando lo conocido se destruye y cuando el dolor no encuentra una explicación sencilla? La consejería cristiana no puede responder con frases rápidas. El sufrimiento necesita espacio, presencia y verdad. La Biblia no presenta a un Dios distante frente al dolor humano, pero tampoco enseña que cada tragedia deba interpretarse como un castigo particular de Dios. En medio de la devastación, acompañar muchas veces significa permanecer junto a quien sufre, ayudarle a expresar lo que está viviendo y recordarle, sin imponer respuestas prefabricadas, que Dios sigue siendo refugio.

Un Dios presente en medio de la angustia

El Salmo 46 comienza con una declaración que adquiere una fuerza especial cuando todo alrededor parece haber perdido estabilidad: “Dios es nuestro amparo y fortaleza, Nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Salmo 46:1, RV1960). El salmista no habla de una presencia abstracta, sino de un Dios que ampara y auxilia precisamente en medio de la tribulación. Por eso resulta tan significativa la imagen que sigue: “Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, Y se traspasen los montes al corazón del mar” (Salmo 46:2, RV1960). La tierra se mueve y el caos aparece, pero Dios permanece.

Esta perspectiva resulta fundamental para la consejería cristiana. Confesar que Dios es soberano no significa afirmar que cada acontecimiento doloroso fue causado directamente por Él. La doctrina de la providencia sostiene que Dios gobierna y sostiene su creación, pero no convierte cada tragedia en una explicación sencilla que el consejero deba entregar a quien está sufriendo. Hay acontecimientos que no comprendemos plenamente, y reconocer ese límite también forma parte de una teología responsable.

A veces, acompañar a una persona significa hablar menos y permanecer más.

El sufrimiento no necesita una explicación inmediata

Una de las tentaciones más frecuentes frente al dolor ajeno es buscar rápidamente una explicación: “Dios permitió esto por alguna razón”, “todo sucede para bien” o “hay que tener fe”. Estas afirmaciones pueden expresar verdades bíblicas, pero pronunciadas en el momento equivocado pueden hacer que la persona sienta que su dolor está siendo corregido en lugar de acompañado.

El libro de Job constituye un gran correctivo frente a esta tendencia. Job pierde sus bienes, sus hijos y su salud, mientras sus amigos intentan encontrar una explicación que relacione directamente su sufrimiento con alguna culpa. Ellos pretenden explicar lo que realmente no comprenden. Job, en cambio, se lamenta, pregunta, protesta y llora delante de Dios. La Escritura conserva sus palabras y, con ello, muestra que el lamento puede formar parte de una relación genuina con Dios.

Los Salmos presentan la misma realidad. El salmista pregunta: “¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?” (Salmo 13:1, RV1960). Estas palabras no fueron excluidas de la Escritura por ser demasiado emocionales. El lamento bíblico permite llevar delante de Dios aquello que todavía no podemos ordenar emocionalmente.

Esto tiene profundas implicaciones para la consejería cristiana. La persona que acaba de perder a alguien no necesita ser apresurada hacia una respuesta espiritual. Puede necesitar llorar, preguntar, guardar silencio y hasta expresar su desconcierto delante de Dios. El consejero puede ayudarle a hacerlo sin interpretar cada lágrima como falta de fe.

El dolor también necesita ser escuchado

Después de un desastre pueden aparecer miedo, confusión, tristeza, irritabilidad, dificultad para dormir, sobresaltos, culpa o una necesidad constante de comprobar que los seres queridos están bien. Algunas de estas respuestas pueden formar parte de una reacción esperable ante una experiencia extraordinariamente amenazante. En los primeros momentos, la persona quizá no necesite una explicación profunda de lo ocurrido, sino seguridad, información confiable, ayuda práctica y alguien capaz de escuchar sin juzgar.

La consejería cristiana puede aportar una presencia que integre el cuidado espiritual con el cuidado humano. Pablo escribe: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gálatas 6:2, RV1960). Sobrellevar implica acercarse al peso de otra persona, no quitárselo mediante una frase.

Después de un desastre también existe un duelo colectivo. Una comunidad puede perder viviendas, lugares de encuentro, fuentes de ingreso, rutinas y la sensación de seguridad que antes parecía garantizada. Una iglesia dañada, una escuela cerrada o una familia desplazada representan pérdidas que van mucho más allá de lo material. Por eso, reconstruir no significa únicamente levantar edificios; también implica recuperar vínculos, estabilidad y confianza.

La presencia puede ser una forma de ministerio

Hay una escena en el libro de Job especialmente significativa para quienes acompañan a personas en crisis. Cuando sus amigos llegan y lo ven, permanecen con él en silencio durante siete días y siete noches: “Así se sentaron con él en tierra por siete días y siete noches, y ninguno le hablaba palabra, porque veían que su dolor era muy grande” (Job 2:13, RV1960).

Curiosamente, sus amigos comenzaron a equivocarse cuando empezaron a hablar. Su silencio inicial fue más compasivo que muchas de sus explicaciones posteriores.

Para quienes ministran después de un desastre, este pasaje contiene una enseñanza pastoral profunda. No siempre es necesario llenar el silencio. Hay momentos en los que sentarse junto a alguien, escuchar su historia, ayudarle a encontrar un familiar, ofrecer apoyo práctico o simplemente permanecer disponible constituye un ministerio genuino. La presencia comunica algo que las palabras no siempre consiguen transmitir: no está atravesando esto solo.

Esto no significa abandonar la Palabra de Dios, sino utilizarla con sensibilidad. Un versículo puede consolar profundamente cuando llega en el momento adecuado y desde una relación de confianza. La misma palabra puede resultar hiriente si se utiliza para cerrar prematuramente una conversación sobre el sufrimiento.

Cuando la fe convive con el trauma

Desde la perspectiva clínica, algunas personas pueden desarrollar después de un desastre síntomas persistentes compatibles con un trastorno de estrés postraumático, mientras que otras experimentan reacciones transitorias que disminuyen progresivamente. La exposición a la muerte, las lesiones, la pérdida del hogar o la amenaza directa a la propia vida puede dejar una huella profunda. El consejero cristiano necesita reconocer esta realidad sin espiritualizarla.

Una persona que tiene pesadillas después de un terremoto no necesariamente necesita que le digan que debe “tener más fe”. Quien siente ansiedad al escuchar un ruido fuerte no está necesariamente atravesando una crisis espiritual. Y quien llora repetidamente por alguien que murió no necesita ser apresurado a “aceptar la voluntad de Dios”. Necesita acompañamiento.

La fe puede formar parte del proceso de recuperación, pero no debe utilizarse como sustituto de la atención psicológica cuando esta sea necesaria. En presencia de síntomas intensos o persistentes, riesgo para la propia seguridad, desorganización grave o dificultades prolongadas para funcionar, el acompañamiento cristiano debe facilitar también la atención de profesionales de salud mental. Reconocer esta necesidad no debilita el ministerio; demuestra responsabilidad en el cuidado integral de la persona.

Además, el trauma no siempre aparece inmediatamente. Algunas personas funcionan adecuadamente durante los primeros días porque están concentradas en resolver necesidades urgentes y sólo después, cuando la situación comienza a estabilizarse, aparecen el agotamiento, el miedo o el dolor emocional. Por eso, el acompañamiento debe prolongarse más allá de las primeras horas.

Dios no está ausente en el lugar del dolor

El salmista declara: “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; Y salva a los contritos de espíritu” (Salmo 34:18, RV1960). No dice que quienes aman a Dios nunca tendrán el corazón quebrantado. Dice que Dios está cerca de ellos.

Esa diferencia importa; la presencia de Dios no siempre llega como una explicación inmediata. A veces se hace visible mediante una persona que llega con alimento, una iglesia que abre sus puertas, un vecino que ofrece refugio, un consejero que escucha o una comunidad que decide reconstruirse junta. La providencia de Dios no nos libera de participar en el cuidado de quienes sufren; puede llamarnos precisamente a convertirnos en instrumentos de ese cuidado.

Por eso, quienes ministran después de un desastre necesitan evitar dos extremos: la indiferencia y la espiritualización apresurada. Hay un camino pastoral más humano: escuchar la historia de quien perdió, permitir que llore, ayudar en aquello que sea posible, orar con sensibilidad y reconocer cuándo es necesario acudir a otros profesionales.

La pregunta “¿dónde está Dios cuando la tierra se abre?” no siempre recibe una respuesta que pueda expresarse en una sola frase. Pero la Escritura afirma: “Dios es nuestro amparo y fortaleza, Nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Salmo 46:1, RV1960).

Quizá, en determinados momentos, la mejor manera de comunicar esa verdad no sea hablar más acerca de Dios, sino acercarnos al que sufre con la misma disposición con la que queremos hablarle de Él. La persona afectada necesita saber que su dolor puede ser expresado, que sus preguntas no la convierten en una persona sin fe y que no tiene que atravesar sola el proceso de reconstruir su vida.

Por María del Pilar Salazar
Decana Académica

YouTube: Lecciones de Biblia y Ciencia
Univ. Logos

Bibliografía

Louw, D. J. (2015). La cura del alma: Una perspectiva pastoral.

Park, C. L. (2010). Hacer sentido de la pérdida: Significado, espiritualidad y crecimiento después del trauma. Routledge.

Van der Kolk, B. A. (2015). El cuerpo lleva la cuenta: Cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma. Eleftheria.

Wright, H. N. (2003). Crisis counseling: A practical guide for pastoral care and counseling. Regent College Publishing.

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