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La ansiedad no descalifica la fe

La ansiedad no es un fenómeno exclusivo de la vida contemporánea. Antes de que existiera un lenguaje clínico para describirla, ya recorría el corazón de hombres y mujeres que aparecen en las páginas de la Escritura. Profetas agotados, reyes angustiados, discípulos sobrecargados y apóstoles conscientes de su propia fragilidad enfrentaron, cada uno a su manera, la inquietud que produce lo incierto. La Biblia no oculta estas experiencias ni las trata como fallas espirituales. Las narra con honestidad, y junto a ellas presenta una respuesta que no depende de eliminar la presión, sino de sostenerse en medio de ella: la fe.

Elías: el agotamiento que se confunde con derrota

Después de una victoria espiritual notable en el monte Carmelo, el profeta Elías recibe una amenaza de muerte y huye al desierto. Su reacción no es la de un héroe invulnerable. Pide morir. El texto lo describe sin rodeos: el profeta se sienta bajo un árbol y dice, “Basta ya, oh Jehová, quítame la vida” (1 Reyes 19:4, RV1960).

Lo que sigue es revelador. Dios no responde con un sermón ni con una reprensión inmediata. Envía a un ángel que le ofrece descanso y alimento: “Levántate y come, porque largo camino te resta” (1 Reyes 19:7, RV1960). Welch (2007) observa que muchos episodios de agotamiento espiritual confundido con derrota responden, en realidad, a un cuerpo y una mente que han llegado a su límite. La ansiedad de Elías no fue resuelta con más actividad espiritual, sino con cuidado físico y presencia divina antes de cualquier palabra correctiva.

David: la angustia que aprende a hablarle a Dios

Los salmos de David ofrecen una de las cartografías emocionales más completas de toda la Escritura. No hay allí un intento de proyectar una espiritualidad libre de turbulencia. David describe su angustia con una franqueza que sorprende: “Mi corazón está dolorido dentro de mí, y terrores de muerte sobre mí han caído. Temor y temblor me invadieron, y terror me ha cubierto” (Salmos 55:4-5, RV1960).

Sin embargo, ese mismo salmo no concluye en la desesperación. Continúa con una decisión deliberada: “Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo” (Salmos 55:22, RV1960). La ansiedad de David no desaparece por negación, sino por dirección. El salmista no minimiza lo que siente. Lo traslada. Convierte la inquietud en oración, y la oración en confianza sostenida.

Marta: la ansiedad de las muchas tareas

En el hogar de Betania, Marta representa una forma de ansiedad profundamente reconocible: la que nace de la sobrecarga práctica. Mientras prepara todo para recibir a Jesús, se siente abrumada por la cantidad de responsabilidades y reclama la ayuda de su hermana. La respuesta de Jesús no minimiza su esfuerzo, pero sí señala la raíz del problema: “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas” (Lucas 10:41, RV1960).

La palabra afán, usada también en otros pasajes del Nuevo Testamento, describe una preocupación que fragmenta la atención y desplaza lo esencial. Jesús no le pide a Marta dejar de servir, sino reordenar sus prioridades: “Pero María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada” (Lucas 10:42, RV1960). La ansiedad ministerial, muchas veces, no proviene de la falta de fe, sino del exceso de tareas sin un centro claro.

Pablo: la instrucción que enfrenta la ansiedad de frente

Pablo no escribe sobre la ansiedad desde la teoría, sino desde una vida marcada por persecución, naufragios, prisión y enfermedad. Por eso, cuando exhorta a los filipenses, lo hace con la autoridad de quien ha probado el camino que propone: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias” (Filipenses 4:6, RV1960).

La instrucción no termina en la oración como simple desahogo emocional. Continúa con una promesa concreta: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:7, RV1960). Crabb (1988) señala que esta paz no funciona como anestesia emocional, sino como un marco que sostiene la mente mientras la circunstancia permanece sin resolverse.

Jesús y la angustia de Getsemaní

Ningún recorrido sobre ansiedad y fe estaría completo sin detenerse en Getsemaní. Antes de la cruz, Jesús mismo expresa una aflicción que no admite minimización: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mateo 26:38, RV1960). Poco después, el relato describe la intensidad física de esa lucha interior: “Y estando en agonía, oraba más intensamente” (Lucas 22:44, RV1960).

Esto es teológicamente decisivo. Si el Hijo de Dios, en perfecta comunión con el Padre, experimentó angustia tan profunda antes de cumplir su propósito, entonces la angustia no puede entenderse como evidencia de incredulidad. En Getsemaní coexisten el dolor, la agonía, la oración intensa y la obediencia perfecta. La fe no eliminó la angustia de Jesús. La sostuvo dentro de ella.

Aunque las circunstancias son distintas, los relatos de Elías, David, Marta, Pablo y aun el propio Jesús muestran un patrón común. Ninguno niega su realidad emocional. Ninguno recibe la instrucción de fingir fortaleza. Ninguno es reprendido por reconocer su angustia. Por el contrario, todos son conducidos hacia una dependencia más profunda de Dios. La fe bíblica no consiste en negar la ansiedad, sino en aprender a atravesarla acompañados por la presencia del Señor.

Muchas personas creyentes viven hoy una tensión similar. Aman a Dios, sirven en sus iglesias, oran y buscan honrar al Señor, pero también enfrentan preocupaciones relacionadas con la salud, la economía, la familia, el ministerio o el futuro. Algunas llegan a pensar que la ansiedad es evidencia de una fe insuficiente. Sin embargo, las Escrituras muestran una realidad diferente. Los hombres y mujeres de Dios también atravesaron momentos de profunda inquietud. Lo que los distinguió fue aprender a llevar sus cargas delante del Señor.

La ansiedad forma parte de la experiencia humana, incluso entre quienes aman sinceramente a Dios. La diferencia no está en vivir libres de toda preocupación, sino en aprender a encontrar paz, dirección y esperanza en medio de ella. Comprender cómo la fe interactúa con las emociones, y cómo acompañar adecuadamente a quienes atraviesan estos procesos, es una necesidad creciente para creyentes, líderes y consejeros cristianos.

Por María del Pilar Salazar 

Decana Académica Univ. Logos 

YouTube: https://www.youtube.com/@LeccionesdeBibliayCiencia 

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