El relato del Buen Samaritano continúa siendo una de las enseñanzas más poderosas de Jesús sobre la empatía y la atención integral al prójimo. No solo ilustra una acción bondadosa, sino que plantea una forma de mirar la realidad humana, de responder a la vulnerabilidad y de romper la indiferencia que a menudo se instala en la vida moderna. En contextos de consejería y acompañamiento psicológico, esta parábola ofrece claves profundas para comprender qué significa cuidar de manera compasiva.
La parábola como espejo de nuestras reacciones
El relato comienza cuando un intérprete de la ley pregunta a Jesús qué debe hacer para heredar la vida eterna. Jesús dirige la conversación hacia el amor a Dios y al prójimo, y el hombre replica: “¿Y quién es mi prójimo?” (Lucas 10:29). Jesús responde con la historia del hombre herido en el camino entre Jerusalén y Jericó, un tramo conocido por su peligrosidad.
El sacerdote y el levita, figuras religiosas respetadas, ven al herido y siguen de largo. Tal omisión evidencia cómo el deber, el cansancio, el miedo o las agendas saturadas pueden nublar la sensibilidad. La parábola no los condena con palabras, pero su silencio revela lo suficiente: cualquiera puede caer en la tentación de mirar a otro lado.
En el trabajo de consejería se observa algo similar. Personas que viven cercanas a quienes sufren, pero no logran conectar emocionalmente; familias que callan, iglesias que no saben acompañar, amigos que se sienten incapaces de intervenir. La reacción de estos personajes bíblicos recuerda que el problema no siempre es la maldad, sino la desconexión.
El impacto de una mirada que sí se detiene
El relato continúa: “Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él; y viéndole, fue movido a misericordia” (Lucas 10:33, RV1960). Ese verbo es clave: ser movido. La compasión en la Biblia no es un sentimiento superficial, sino un impulso interno que conduce a actuar. La empatía se convierte en intervención concreta.
El texto describe acciones específicas realizadas por el samaritano: “vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él” (Lucas 10:34, RV1960). Se trata de una ayuda integral:
- Atención física inmediata.
- Acompañamiento emocional sin palabras, pero evidente en la cercanía.
- Sostenimiento logístico: transporte, hospedaje y provisión económica.
- Acciones que continúan más allá del primer encuentro.
En términos contemporáneos, este modelo refleja el abordaje que debe caracterizar a la consejería y a la intervención en crisis. La ayuda no se limita a una oración o a un consejo rápido; implica tiempo, presencia, recursos y compromiso con la restauración. La compasión genuina no delega inmediatamente, sino que acompaña hasta donde le es posible.
Romper la indiferencia y acercarse al dolor humano
La parábola desafía la tendencia social a normalizar el sufrimiento ajeno. Muchas personas viven en dolor emocional, ansiedad, conflictos familiares o crisis silenciosas. Sin embargo, no siempre se hacen visibles porque la sociedad ha aprendido a esconder el quebranto.
Jesús reconfigura la perspectiva: el prójimo no es solo quien se parece a mí, sino aquel cuyas necesidades reclaman mi capacidad de amar. En la consejería, esto implica romper barreras internas como:
- El miedo a involucrarse en historias difíciles.
- La creencia de que “no es mi responsabilidad”.
- La idea de que solo los expertos pueden ayudar.
- El impulso a apresurar soluciones o emitir juicios.
La compasión cuidadosa no invade ni controla, sino que reconoce la dignidad del otro y se acerca con respeto y sensibilidad. La empatía se convierte en un puente que permite acoger el dolor sin absorberlo de manera destructiva.
Cuidado integral y acompañamiento que da esperanza
Una de las decisiones más significativas del samaritano ocurre cuando deja al hombre herido en la posada y dice: “Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese” (Lucas 10:35, RV1960). El compromiso trasciende el momento inicial: promete seguimiento, continuidad y responsabilidad compartida.
Esta actitud refleja una verdad esencial en la consejería: sanar lleva tiempo. Las crisis no se resuelven en una sola conversación, y los procesos emocionales requieren apoyo sostenido. El Buen Samaritano nos recuerda que:
- La restauración es un viaje, no un evento.
- La compasión madura reconoce sus límites, pero también su vocación de acompañar.
- El cuidado integral abarca lo físico, lo emocional, lo espiritual y lo comunitario.
La Nueva Versión Internacional expresa al inicio de la parábola: “Un hombre bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó cuando cayó en manos de unos ladrones” (Lucas 10:30, NVI). Todos, en algún momento de la vida, podemos ser ese hombre: vulnerables, golpeados, en necesidad de alguien que se acerque.
Un llamado a vivir la compasión como estilo de vida
Al concluir la historia, Jesús pregunta: “¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?” (Lucas 10:36). El experto de la ley responde: “El que usó de misericordia con él” (Lucas 10:37). Entonces Jesús declara: “Ve, y haz tú lo mismo”.
Ese mandato sigue vigente. En la consejería, en los hogares, en las comunidades de fe y en los espacios donde la vida se muestra frágil, la invitación es a reflejar la misericordia que restaura. Ser prójimo es decidir ver, detenerse y actuar. Es permitir que la compasión transforme tanto al que recibe como al que ofrece cuidado.
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Por María del Pilar Salazar
Decana Académica
Univ. Logos
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