Hay algo que me incomoda de cómo hablamos del cuidado de los ancianos en la iglesia. Lo tratamos como si fuera un ministerio opcional, como quien organiza un grupo los miércoles en la tarde: algo bonito si hay voluntad y recursos, pero no exactamente urgente. Y sin embargo, cada vez que abro las Escrituras, encuentro que Dios habla de los ancianos con una claridad que no deja mucho espacio para la ambigüedad. No como sugerencia. Como mandato.
En Levítico, Moisés escribió algo que los israelitas escuchaban con una seriedad que hoy nos cuesta reproducir: «Levántate delante de las canas, y honra el rostro del anciano, y teme a tu Dios. Yo Jehová» (Levítico 19:32, RV1960). Hay algo en la estructura de ese versículo que me detiene cada vez que lo leo. El mandato de honrar al anciano está puesto exactamente al lado del temor a Dios. No es coincidencia. Es teología.
Cuando la tecnología reemplazó a la abuela
Después de vivir más de veintisiete años en América Latina, noto algo que no aparece en los estudios sociológicos pero que se siente en la cotidianidad: la comunidad hispanohablante todavía mantiene estructuras familiares que incluyen a los ancianos de manera orgánica. No por programa. Por cultura. Y esa cultura se está erosionando.
El individualismo occidental y la aceleración tecnológica han reconfigurado las relaciones humanas de maneras que afectan especialmente a quienes ya no producen al ritmo que el mercado valoriza. Los adultos mayores viven más años que cualquier generación anterior, gracias a la medicina moderna. Pero más años no es lo mismo que mejor vida. Y hay formas de cuidado que ningún sistema de salud puede reemplazar: la compañía, el afecto, la escucha. Esas son responsabilidades que pertenecen a las familias y a las comunidades de fe.
Pablo no dejó esto en el territorio de lo abstracto. «Pero si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo» (1 Timoteo 5:8, RV1960). Es una afirmación fuerte. Tan fuerte que muchos la leen de prisa para no quedarse con su peso. Descuidar a los padres que envejecen no es solo un fallo familiar. Según Pablo, es una contradicción de fe.
Lo que Rut entendió antes que nosotros
La historia de Rut suele leerse como romance, pero en realidad es una historia de cuidado radical. Noemí era viuda, sin hijos, sin tierra propia, en tierra extraña. Rut tenía todas las razones culturales y sociales para regresar a su familia de origen. Y sin embargo se quedó. No porque la obligaran. Porque entendió que el amor no se mide en conveniencia.
Jesús mismo, en los momentos más difíciles de su propio sufrimiento, no olvidó a su madre. Desde la cruz, se aseguró de que María quedara bajo el cuidado de Juan. Un gesto pequeño en la escala de lo que estaba ocurriendo ese día. Pero enorme en la escala de lo que Dios valora.
La iglesia primitiva tomó esto en serio. El cuidado de las viudas no era un programa adicional del ministerio de compasión. Era parte constitutiva de lo que significaba ser iglesia. Santiago lo vinculó directamente con la autenticidad de la fe: «La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones» (Santiago 1:27, RV1960). No hay forma de leer ese versículo y concluir que cuidar a los vulnerables es opcional.
El quinto mandamiento no tiene fecha de vencimiento
Éxodo 20:12 es uno de los versículos que más personas memorizaron en la infancia y menos personas aplican en la adultez. Honrar al padre y a la madre no es un mandato para cuando uno tiene diez años. Es un principio de por vida. Y su cumplimiento concreto cambia según la etapa.
Cuando los padres envejecen, honrarlos se parece mucho más a acompañarlos a sus citas médicas, a llamar con regularidad aunque no haya nada urgente que decir, a sentarse a escuchar una historia que ya se conoce de memoria pero que para quien la cuenta sigue siendo importante. Hay muchas cosas prácticas que los hijos adultos pueden hacer, no como favor, sino como respuesta a lo que recibieron durante años. La reciprocidad no es transacción. Es gratitud hecha cuerpo.
Creo que les debemos a nuestros padres y familiares la misma calidad de cuidado que ellos nos dieron, o mejor. No porque la ley lo exija. Sino porque el amor que recibimos cuando éramos completamente dependientes merece una respuesta cuando ellos llegan a esa misma condición.
La iglesia no puede ser solo para los productivos
Con frecuencia, el modelo imperante trata a los adultos mayores como beneficiarios del ministerio: se les visita, se les lleva comunión, se ora por sus enfermedades. Todo eso es bueno. Pero es incompleto.
Los ancianos también tienen dones. También tienen llamado. También pueden cumplir la Gran Comisión. Mi padrastro David tiene 85 años, es capellán y pastor jubilado, y sigue ministrando diariamente a personas por teléfono y en persona. Habla de Jesús dondequiera que va. No porque alguien lo haya programado en el calendario. Sino porque entiende que el llamado no tiene jubilación.
Las iglesias que marginan a sus miembros mayores no solo les hacen un daño a ellos. Se empobrecen a sí mismas. Pierden la memoria viva, la perspectiva que solo dan los años, la oración intercesora de personas que han aprendido a depender de Dios porque ya no pueden depender de sus propias fuerzas. Los líderes pastorales deben ser intencionales en crear espacios donde los ancianos no solo reciban ministerio, sino que lo ejerzan.
Lo que Timoteo sabía antes de conocer a Pablo
Cuando Pablo encuentra a Timoteo y lo convoca al ministerio, Timoteo ya estaba formado. ¿Por quién? Por su madre Eunice y su abuela Loida. Dos mujeres de generaciones distintas que le transmitieron una fe genuina antes de que él tuviera edad para decidir nada. Eso es lo que hacen las relaciones intergeneracionales bien cultivadas: preparan personas que el mundo todavía no sabe que va a necesitar.
«Generación a generación celebrará tus obras, y anunciará tus poderosos hechos» (Salmos 145:4, RV1960). La transmisión de la fe no ocurre en conferencias ni en programas de crecimiento. Ocurre en relaciones. Y las relaciones entre generaciones distintas requieren intención, porque la cultura actual no las produce de manera natural.
Los adolescentes que escuchan las historias de sus mayores aprenden a relativizar sus propios problemas. Los ancianos que conviven con jóvenes encuentran propósito y compañía. Ninguno de los dos lo puede generar solo. Las iglesias pueden construir esos puentes de manera concreta: programas de mentoría, espacios de conversación que no estén segregados por edad, historias que se cuentan y se escuchan. No como actividades de integración. Como práctica de comunidad.
Cuidar no es un gesto, es una declaración
Jesús dejó una pregunta en Mateo 25 que no ha perdido vigencia. Cuando describe el juicio final, la medida no es la ortodoxia doctrinal ni la cantidad de reuniones a las que se asistió. La medida es concreta: ¿visitaste al enfermo? ¿Atendiste al que estaba solo?
Cuidar a los ancianos no es una responsabilidad que se puede delegar completamente al Estado o a los sistemas de salud. Es una responsabilidad distribuida entre familias, comunidades e iglesias. Y cuando se ejerce bien, con presencia, con escucha, con consistencia, no solo beneficia a quien recibe el cuidado. Forma a quien lo da.
Los mayores enseñan cosas que los libros no pueden enseñar. La paciencia que da haber esperado mucho. La fe que se afina cuando ya no quedan ilusiones fáciles. La gratitud que aparece cuando se aprende a valorar lo que persiste. Perderlos a la soledad y al olvido no es solo un fallo moral. Es una pérdida que no se recupera.
«Los cielos son los cielos de Jehová; y ha dado la tierra a los hijos de los hombres» (Salmos 115:16, RV1960). Esa tierra incluye a quienes la habitaron antes que nosotros. Honrarlos es parte de habitarla bien.
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Extracto adaptado del trabajo académico de Theri Santos para el curso CED820 — Ministerio de Adultos, Maestría en Educación Cristiana, Universidad Cristiana Logos. Editado por María del Pilar Salazar, Decana Académica.
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