Hay una imagen que nunca me ha abandonado desde que la leí por primera vez siendo estudiante de teología. No es una imagen de poder ni de multitudes. Es la de un grupo de personas encerradas en un cuarto, esperando algo que no podían describir, sin saber exactamente qué forma tendría cuando llegara. Hechos 2 es uno de los textos más comentados de la historia cristiana, y sin embargo, cada vez que vuelvo a él encuentro algo que no había visto antes. Esta vez lo que me detiene no es el fuego ni las lenguas. Es el silencio que hubo antes. La espera. La disposición de quedarse quietos hasta que Dios se moviera.
Eso, en el siglo XXI, es quizás lo más difícil de reproducir.
Pentecostés no fue el final, fue el comienzo
Leemos Hechos 2 como si fuera un relato cerrado. Un evento histórico que admiramos desde la distancia, con la misma actitud con que uno visita un museo. Pero el texto no está escrito para ser admirado. Está escrito para ser habitado. «Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen» (Hechos 2:4, RV1960). La llenura no fue el punto de llegada. Fue el punto de partida de algo que no ha terminado.
Lo que me llama la atención del relato no es la manifestación en sí (el fuego, el viento, las lenguas) sino lo que ocurrió después. Personas que días antes se habían encerrado por miedo salieron a las calles a hablar con una claridad y una valentía que no tenían antes. La transformación fue observable, concreta, verificable. No fue una experiencia privada guardada para el recuerdo. Tuvo consecuencias públicas, relacionales, comunitarias.
Y eso es exactamente lo que distingue un verdadero avivamiento de un momento emocional colectivo.
El avivamiento no es lo que creemos que es
He escuchado infinidad de sermones, predicaciones y clases en institutos bíblicos donde el mismo malentendido aparece una y otra vez: la idea de que avivamiento es sinónimo de reuniones grandes, música intensa y manifestaciones visibles. Y he conocido muchos creyentes que piensan exactamente así. No digo que esas cosas no puedan acompañar un mover genuino de Dios. Digo que no son su definición, y confundirlas con el avivamiento mismo es uno de los errores más costosos que puede cometer una comunidad de fe.
Jesús mismo advirtió sobre esto. Cuando habló del Espíritu con Nicodemo, usó una imagen que resiste cualquier intento de domesticación: «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (Juan 3:8, RV1960). El Espíritu no tiene protocolo. No se ajusta a formatos. No llega porque organizamos bien el evento.
Los avivamientos históricos más profundos (el de Gales en 1904, el de Azusa Street en 1906, el movimiento de oración de Corea a comienzos del siglo XX) tuvieron orígenes sorprendentemente humildes. No comenzaron con grandes campañas sino con pequeños grupos de personas que llegaron al límite de su propia suficiencia y decidieron, casi por agotamiento, dejar de depender de sus propios recursos espirituales. Eso, paradójicamente, es lo más difícil de imitar.
El peligro de querer reproducir lo que Dios hizo antes
Hay una trampa sutil que la iglesia cae con frecuencia, y que he visto operar en contextos muy distintos: la de intentar replicar la forma de un avivamiento anterior en lugar de buscar al Dios que lo produjo. Es comprensible. Cuando algo funcionó, el instinto humano es repetirlo. Pero el Espíritu no es una fórmula.
Pedro, citando a Joel en el día de Pentecostés, dejó registrada una promesa que no tiene fecha de vencimiento ni un único molde: «Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne» (Hechos 2:17, RV1960). El derramamiento es la promesa. La forma en que ocurre, el contexto cultural, el lenguaje generacional que usa, eso varía. Lo que no varía es el origen.
El siglo XXI presenta condiciones que ningún avivamiento histórico tuvo que enfrentar: una generación saturada de estímulos, con una capacidad de atención fragmentada, profundamente escéptica ante cualquier cosa que huela a espectáculo religioso, pero al mismo tiempo hambrienta de algo genuino. No de más contenido. De presencia. Esa hambre es una apertura. El problema es que muchas iglesias siguen ofreciendo más formato cuando lo que la gente necesita es encuentro.
La preparación que sí está en nuestras manos
Dicho todo esto, no quiero caer en el extremo opuesto: la pasividad que espera sin disponerse. El avivamiento no se produce, pero sí se prepara. Hay condiciones del corazón que la Escritura vincula directamente con el obrar de Dios, y esas condiciones sí dependen de nosotros.
Hay un texto de 2 Crónicas que he leído muchas veces y que cada vez me parece más exigente, no más fácil: «Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra» (2 Crónicas 7:14, RV1960). Cuatro verbos. Humillarse, orar, buscar, convertirse. Ninguno es pasivo. Ninguno es colectivo en su origen: cada uno comienza en una persona, en una decisión privada, antes de volverse comunidad.
Lo que este texto no dice es que el avivamiento llegará si organizamos la campaña correcta o contratamos al predicador adecuado. Lo que dice es que Dios responde a una disposición real, no a una actuación religiosa. Y esa diferencia es enorme.
El Espíritu Santo en una generación que ya no cree en lo fácil
Hay algo que me genera esperanza genuina en la generación más joven con la que interactúo: su intolerancia a la superficialidad. No quieren más shows. Están hartos de discursos vacíos, de liderazgos que predican una cosa y viven otra, de experiencias religiosas que no cambian nada el lunes por la mañana. Eso, que a veces se lee como cinismo, yo lo leo como una forma de hambre. Una exigencia de autenticidad que el Espíritu Santo puede llenar de maneras que ninguna estrategia de comunicación puede producir.
Jesús prometió un Consolador que no solo acompaña sino que enseña, que guía hacia la verdad, que convence desde adentro: «Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Juan 14:26, RV1960). Eso no es un programa. No es un evento. Es una relación continua con alguien que conoce la condición humana desde adentro.
La iglesia que aprenda a depender de eso (no como declaración doctrinal sino como práctica diaria) es la iglesia que tendrá algo real que ofrecer a una generación que ya no se conforma con menos.
El fuego sigue encendido, la pregunta es si estamos cerca
Me resisto a terminar este artículo con una conclusión ordenada de tres puntos. Porque el tema no lo permite. El Espíritu Santo no cabe en una síntesis.
Lo que sí puedo decir, desde años acompañando comunidades de fe y estudiando estos textos, es que Dios no ha guardado silencio. Lo que muchas veces falta no es su movimiento, sino nuestra disposición a reconocerlo cuando no se parece a lo que esperábamos. Isaías lo registró con una claridad que sigue siendo incómoda: «He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis?» (Isaías 43:19, RV1960). La pregunta no es si Dios está obrando. La pregunta es si tenemos ojos para ver lo que está haciendo ahora, no lo que hizo antes.
El avivamiento que este siglo necesita no comenzará en un estadio. Comenzará en el interior de alguien que decide, en silencio, rendirse de verdad. Y desde ahí, como siempre ha sido, se extenderá.
Por María del Pilar Salazar
Decana Académica
Univ. Logos
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