Las redes sociales han cambiado la manera como conversamos, aprendemos, trabajamos y también como vivimos nuestra fe. Hoy podemos escuchar una predicación mientras desayunamos, participar en una transmisión desde otro país, pedir oración en línea, seguir a un pastor, compartir un versículo o encontrar una comunidad cristiana sin haber salido de casa. La tecnología puede acercarnos a personas que de otra manera nunca conoceríamos y abrir espacios valiosos para el discipulado y el acompañamiento. Pero también puede crear una ilusión difícil de reconocer: sentirnos muy conectados mientras nuestras relaciones más cercanas se vuelven cada vez más débiles.
La pregunta no es si debemos usar tecnología. La pregunta es qué lugar está ocupando en nuestra vida.
Una comunidad cristiana no cabe completamente en una pantalla
La iglesia siempre ha sido una comunidad de personas, no solamente un lugar al que asistimos ni una transmisión que observamos. El Nuevo Testamento presenta la vida cristiana como una experiencia compartida en la que los creyentes se animan, se sirven, se corrigen, se acompañan y llevan las cargas unos de otros.
Pablo escribe: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gálatas 6:2, RV1960).
Hay algo en este mandato que difícilmente puede reducirse a una reacción, un comentario o un mensaje privado. Llevar la carga de otra persona requiere conocerla. Requiere tiempo. Requiere escuchar una historia completa y permanecer cerca cuando la situación deja de ser agradable. Una pantalla puede facilitar el primer contacto, pero no puede realizar por sí sola todo lo que implica una relación madura.
Esto no significa que la comunidad digital carezca de valor. Una investigación del Pew Research Center encontró que las herramientas digitales ya forman parte de la vida religiosa de muchas personas: algunos adultos siguen a líderes religiosos en redes sociales, consumen contenido religioso en línea y utilizan internet para buscar información sobre su fe. Al mismo tiempo, la participación en grupos de oración, estudio bíblico o educación religiosa sigue siendo más frecuente de manera presencial que exclusivamente en línea.
La tecnología puede acompañar la comunidad, pero….no debería reemplazarla.
El problema comienza cuando necesitamos estar conectados todo el tiempo
Hay personas que toman el teléfono apenas despiertan y lo revisan nuevamente antes de dormir. Entre una actividad y otra aparecen mensajes, videos, comentarios, fotografías, noticias y nuevas publicaciones. Poco a poco, el silencio comienza a sentirse extraño.
Y es que el silencio es necesario, una persona necesita espacios en los que no esté recibiendo estímulos constantemente para poder reconocer qué está sintiendo, ordenar sus pensamientos, orar y escuchar a los demás sin estar pendiente de otra conversación.
La dependencia no siempre se manifiesta como una conducta extrema. A veces aparece de formas mucho más cotidianas: revisar el teléfono durante una conversación, sentir ansiedad cuando nadie responde, publicar algo esperando aprobación, comparar la propia vida con la de otros o experimentar la necesidad de mostrar constantemente que estamos bien.
En la vida cristiana puede aparecer una versión particularmente sutil de este fenómeno. Podemos consumir abundante contenido espiritual y, al mismo tiempo, estar descuidando nuestra propia vida espiritual.
- Podemos escuchar muchas predicaciones y conversar poco con Dios.
- Podemos compartir versículos y tener dificultad para vivirlos.
- Podemos seguir a numerosos líderes cristianos y conocer muy poco a las personas que tenemos al lado.
La abundancia de contenido espiritual no equivale necesariamente a profundidad espiritual.
La pantalla también puede cambiar la manera como nos vemos
Uno de los aspectos que merece especial atención desde la consejería y la psicología es la autoimagen.
Las redes sociales presentan una corriente permanente de fotografías, cuerpos, hogares, viajes, matrimonios, familias, ministerios, logros profesionales y momentos aparentemente felices. El problema no está en que una persona publique una fotografía bonita. El problema aparece cuando empezamos a comparar nuestra vida real con una selección cuidadosamente presentada de la vida de los demás.
La investigación reciente respalda esta preocupación. Una revisión sistemática y metaanálisis de 83 estudios, con más de 55.000 participantes, encontró una asociación significativa entre una mayor comparación social en redes y mayores preocupaciones relacionadas con la imagen corporal, así como una asociación con síntomas de conductas alimentarias problemáticas. También encontró una relación con una menor valoración positiva del propio cuerpo (Bonfanti et al., 2025).
En América Latina se ha encontrado una relación consistente entre la internalización de ideales de apariencia difundidos por los medios y una mayor insatisfacción corporal, aunque los investigadores también advierten que todavía hacen falta estudios longitudinales y experimentales en diferentes poblaciones de la región. (Andres et al., 2024).
Esto nos permite hacer una distinción importante: las redes sociales no crean todos nuestros problemas de autoimagen, pero pueden amplificarlos.
Una persona que ya se siente insegura puede encontrar en ellas un flujo interminable de motivos para compararse…Y la comparación rara vez termina donde comenzó.
Primero comparamos nuestra apariencia. Después nuestra ropa. Luego nuestra casa, nuestro matrimonio, nuestros hijos, nuestro trabajo, nuestro ministerio, nuestras vacaciones y hasta nuestra espiritualidad.
Una vida editada puede producir una expectativa irreal
Las redes muestran momentos seleccionados. La vida real contiene cansancio, discusiones, enfermedades, cuentas por pagar, decepciones, silencios, errores y días en los que sencillamente no tenemos nada extraordinario que mostrar; pero si todos los días vemos únicamente los mejores momentos de otras personas, podemos comenzar a pensar que somos los únicos que estamos luchando.
La persona que publica una fotografía familiar no está obligada a mostrar la discusión que ocurrió dos horas antes. Quien comparte una imagen sonriente desde una iglesia quizá también esté atravesando una crisis personal. El líder que publica una enseñanza profunda puede tener dificultades que nadie conoce; así que no debemos interpretar una publicación como si fuera una biografía completa.
Esto tiene una consecuencia directa para la autoimagen: podemos terminar construyendo una versión imaginaria de cómo deberíamos ser y sintiendo que nuestra vida real nunca alcanza ese estándar.
La Escritura recuerda algo profundamente diferente: “Porque tú formaste mis entrañas; Tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras” (Salmos 139:13-14, RV1960).
Nuestra identidad no debería depender de la cantidad de personas que reaccionan a una fotografía.
Tener muchos contactos no significa tener relaciones profundas
Otra dificultad aparece en nuestra capacidad para relacionarnos fuera de la pantalla.
Las habilidades relacionales se desarrollan practicándolas. Escuchar, esperar, expresar desacuerdos, pedir perdón, tolerar frustraciones, establecer límites y permanecer cerca de alguien que atraviesa una dificultad son experiencias que requieren contacto humano real. Por eso preocupa especialmente que algunas personas puedan sentirse mucho más cómodas escribiendo que conversando; mucho más dispuestas a expresar afecto mediante una reacción que mediante una conversación; o capaces de mantener cientos de contactos digitales mientras no cuentan con alguien a quien llamar en una crisis.
Las propias autoridades de salud pública han recomendado fortalecer las amistades presenciales y crear espacios libres de dispositivos precisamente para favorecer la conversación y los vínculos sociales.
La consejería debe prestar atención a esta diferencia:
Una persona puede decir: “Tengo muchos amigos”. Pero la pregunta que ayuda a comprender su realidad puede ser otra:
¿Con quién puede usted hablar cuando está sufriendo?
No se trata de cuántas personas conocen nuestro nombre. Se trata de cuántas personas conocen nuestra historia.
La comunidad cristiana tiene algo que las redes no pueden sustituir
Jesús no llamó a sus discípulos únicamente a escuchar enseñanzas. Los llamó a caminar con Él y unos con otros.
La vida cristiana incluye presencia, servicio, corrección, compasión y cuidado. Juan escribe: “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:18, RV1960). Ese “de hecho” tiene un peso particular en una época en la que podemos expresar casi cualquier cosa con unas pocas palabras en una pantalla.
La persona que necesita acompañamiento puede requerir una llamada, una visita, una conversación después del culto, una comida compartida o simplemente alguien dispuesto a sentarse a su lado.
Hay momentos en los que un mensaje ayuda.
Hay otros en los que necesitamos presencia.
El discipulado digital puede ser una puerta, no la casa completa
Sería injusto presentar la tecnología únicamente como una amenaza. Para muchas personas, una transmisión, un podcast, una clase virtual o una comunidad digital puede representar el primer contacto con el evangelio o con una comunidad cristiana.
Las herramientas digitales también permiten que personas geográficamente distantes estudien juntas, reciban enseñanza, compartan recursos y mantengan vínculos que de otro modo serían difíciles de sostener. El Pew Research Center ha documentado precisamente este crecimiento de las prácticas religiosas mediadas por tecnología.
El desafío está en saber qué hacemos después de ese primer contacto.
- Una persona puede descubrir una iglesia por internet. Pero necesita encontrar personas.
- Puede escuchar una predicación. Pero necesita aprender a vivir la Palabra.
- Puede pedir oración en una plataforma. Pero quizá también necesite que alguien ore con ella cara a cara.
- Puede encontrar una comunidad digital. Pero necesita desarrollar vínculos capaces de sostenerla también fuera de la pantalla.
La tecnología puede abrir la puerta al discipulado; la madurez cristiana requiere caminar con otros.
Recuperar el mundo real también es una decisión espiritual
Tal vez necesitamos recuperar algunas prácticas sencillas.:
- Mirar a los ojos cuando alguien nos habla.
- Comer sin el teléfono en la mano.
- Conversar sin fotografiar el momento.
- Visitar a alguien que está enfermo.
- Sentarnos junto a una persona que está atravesando una dificultad.
- Participar en una comunidad donde no podamos editar cada palabra antes de decirla.
- Aprender a permanecer en una conversación aunque aparezca un desacuerdo.
- Y aceptar que las relaciones reales son mucho menos perfectas que las fotografías que vemos en internet.
La vida cristiana no fue diseñada para observarla desde lejos; fue diseñada para vivirla.
Pablo escribe: “Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos” (Hebreos 10:24-25, RV1960).
El texto habla de presencia, consideración mutua y exhortación. Son acciones que requieren más que estar conectados.
En 2026, la pregunta no debería ser cuánto contenido cristiano podemos consumir ni cuántas personas podemos agregar a nuestra red. Una pregunta más profunda sería qué clase de personas estamos llegando a ser mientras utilizamos estas herramientas.
Porque una red puede conectarnos con miles; pero una comunidad verdadera nos conoce, nos acompaña, nos corrige, nos sostiene y también nos permite hacer lo mismo por otros. La tecnología puede ser una herramienta extraordinaria para la fe. El problema comienza cuando la herramienta ocupa el lugar de la relación, cuando la comparación reemplaza la gratitud y cuando la imagen que mostramos termina siendo más importante que la persona que realmente somos.
Nuestra fe necesita presencia, nuestro corazón necesita silencio y nuestras relaciones necesitan tiempo.
Por María del Pilar Salazar
Decana Académica
Univ. Logos
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