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Un motivo para cuidar y respetar nuestro cuerpo

Antes de conocer a Cristo, muchas veces podemos vivir tratando de cambiar aquello que no nos gusta de nosotros mismos. Nuestra apariencia, nuestras limitaciones, nuestras experiencias y hasta nuestras decisiones pueden convertirse en motivos de inconformidad. Pero cuando conocemos al Señor comenzamos a comprender algo fundamental: nuestra vida no es producto del azar. Dios nos creó y conoce nuestra historia desde antes de nuestro nacimiento.

El profeta Jeremías expresa esta verdad al decir: “Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué” (Jeremías 1:5, RV1960).

David también declara:

“Mi embrión vieron tus ojos,
Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas
Que fueron luego formadas,
Sin faltar una de ellas” (Salmos 139:16, RV1960).

Estas palabras nos recuerdan que nuestro cuerpo no es algo sin valor. Dios nos creó con propósito y, aunque vivimos en un mundo afectado por el pecado y experimentamos limitaciones, podemos aprender a recibir con gratitud aquello que Dios nos ha dado y cuidar responsablemente nuestro cuerpo.

Nuestro cuerpo merece respeto

La Biblia presenta el cuerpo humano como parte de la creación de Dios. Génesis 2:7 dice:

“Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida; y fue el hombre un ser viviente” (RV1960).

Job expresa una idea semejante cuando reconoce:

“Tus manos me hicieron y me formaron” (Job 10:8, RV1960).

Aceptar que Dios nos creó no significa pensar que todo en nuestra vida es perfecto. Significa reconocer que nuestro valor no depende de alcanzar un determinado modelo de apariencia. Podemos trabajar en aquello que puede mejorar, cuidar nuestra salud y desarrollar nuestros dones, pero sin llegar a despreciar el cuerpo que Dios nos ha dado.

Esto también nos lleva a considerar con responsabilidad las decisiones que tomamos sobre nuestra apariencia.

¿Por qué evitar tatuar nuestra piel?

En Levítico 19:28 encontramos una instrucción específica:

“Y no haréis rasguños en vuestro cuerpo por un muerto, ni imprimiréis en vosotros señal alguna. Yo Jehová” (RV1960).

Este texto pertenece a las instrucciones dadas por Dios a Israel y se encuentra dentro de un contexto cultural y religioso particular. Por eso, no debemos utilizarlo de manera aislada ni desconocer su contexto.

Sin embargo, dentro de la perspectiva presentada en este estudio, este pasaje ofrece un motivo para considerar con seriedad la decisión de marcar permanentemente nuestro cuerpo. La pregunta no debería ser solamente: “¿Puedo hacerlo?”, sino también: “¿Qué refleja esta decisión acerca de la manera como entiendo mi cuerpo delante de Dios?”

La vida cristiana nos llama a tomar nuestras decisiones con conciencia, dominio propio y reverencia hacia Dios. Por eso, antes de realizar una modificación permanente de nuestro cuerpo, vale la pena detenernos, orar y considerar nuestras motivaciones.

No todo lo que podemos hacer necesariamente es lo que necesitamos hacer.

El problema también está en lo que hay detrás de la decisión

En algunos casos, una persona puede considerar un tatuaje simplemente como una expresión estética o artística. En otros, puede existir detrás de la decisión un deseo profundo de pertenecer, recordar a alguien, expresar dolor, afirmar una identidad o cubrir algo que no se acepta de uno mismo.

Por eso, más que señalar rápidamente a una persona, necesitamos preguntarnos qué hay en el corazón.

La Escritura dice:

“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23, RV1960).

El llamado cristiano no consiste únicamente en cuidar nuestra apariencia exterior. También consiste en permitir que Dios transforme nuestras motivaciones, nuestra manera de vernos y la forma como tomamos decisiones.

¿Y qué ocurre con quien ya tiene tatuajes?

Aquí es importante hablar también desde la gracia.

Una persona puede llegar a Cristo con tatuajes, con decisiones equivocadas, con heridas, con una historia complicada o con aspectos de su pasado que hoy habría hecho de otra manera. Eso no la hace menos valiosa delante de Dios.

El evangelio no comienza preguntando qué apariencia tenía una persona antes de conocer a Cristo. Comienza anunciando que en Cristo hay perdón, nueva vida y restauración.

Pablo dice:

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17, RV1960).

Por eso, si alguien llegó a Cristo teniendo tatuajes, no necesita vivir bajo condenación ni pensar que su cuerpo lo descalifica para servir a Dios. Lo que hizo antes de conocer al Señor forma parte de su historia, pero no tiene que definir su identidad presente en Cristo.

La restauración cristiana no siempre significa borrar físicamente todas las marcas del pasado. Algunas permanecen en el cuerpo; otras permanecen en la memoria. Lo importante es que ninguna de ellas tiene que permanecer como una marca de condenación.

Cuidar nuestro cuerpo también es una decisión espiritual

El propósito de este tema no es juzgar a quienes tienen tatuajes ni convertir una decisión personal en una medida de espiritualidad. Es invitarnos a pensar antes de actuar.

Nuestro cuerpo merece respeto porque Dios nos creó. Nuestras decisiones merecen reflexión porque pertenecemos a Cristo. Y nuestro pasado merece ser puesto delante de Dios porque su gracia es mayor que nuestras equivocaciones.

Por eso, si todavía no hemos tomado la decisión de tatuarnos, podemos preguntarnos con sinceridad si queremos hacerlo y por qué. Podemos considerar lo que enseña la Escritura, nuestras motivaciones y el valor de cuidar aquello que Dios nos ha confiado.

Y si ya llevamos una marca en nuestra piel, podemos recordar algo todavía más importante: esa marca no tiene la última palabra sobre nuestra vida.

Dios sigue formando, transformando y utilizando personas que vienen a Él con historias imperfectas. La gracia no exige que lleguemos sin marcas; nos invita a llegar tal como estamos para comenzar una vida nueva con Cristo.

Nuestra identidad no está escrita en nuestra piel, sino en nuestra relación con Dios.

Por José Juan Sosa Morales
Profesor
Universidad Cristiana Logos

Adaptado para formato de blog por María del Pilar Salazar
Decana Académica
Universidad Logos

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