Adaptado para formato de blog por María del Pilar Salazar, Decana Académica, Universidad Logos.
Hay heridas que no siempre se ven, pero que terminan apareciendo en la manera como hablamos, reaccionamos, servimos y nos relacionamos con los demás. Una palabra que quedó sin resolver, una decepción, una injusticia, una traición o un conflicto repetido pueden permanecer en el corazón mucho después de que aparentemente el problema terminó. En ocasiones seguimos adelante con nuestras actividades, incluso dentro de la iglesia y del servicio cristiano, pero aquello que no hemos procesado continúa afectando nuestras relaciones.
Por eso, hablar del perdón desde una perspectiva cristiana no consiste simplemente en decir que debemos perdonar porque la Biblia lo manda. También implica comprender qué ocurre en nuestro interior cuando una ofensa se convierte en resentimiento y cómo la gracia de Dios puede llevarnos por un camino de restauración.
Jesús habló del perdón en términos que no dejan mucho espacio para llevar una cuenta de las ofensas. Cuando Pedro preguntó cuántas veces debía perdonar a su hermano, Jesús respondió: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (Mateo 18:22, RV1960). La enseñanza no está en convertir la respuesta en una cifra que debamos calcular, sino en mostrar una disposición permanente a perdonar.
En el contexto del pasaje, Jesús continúa con la parábola del siervo que recibió misericordia, pero fue incapaz de extenderla a otra persona. El perdón cristiano no puede separarse de la conciencia de haber recibido nosotros mismos la gracia de Dios.
El conflicto no siempre comienza donde lo vemos
Los conflictos forman parte de las relaciones humanas. Pueden surgir por diferencias en percepciones, intereses, valores o metas (Robbins, 2009). Esto puede ocurrir en una familia, en un matrimonio, en un equipo de trabajo o también en un ministerio de la iglesia.
En un grupo que sirve unido alrededor de un mismo propósito pueden aparecer diferencias de criterio, dificultades de comunicación, incumplimiento de responsabilidades, problemas de liderazgo o rivalidades personales. El problema no es solamente que exista el desacuerdo, sino lo que hacemos con él cuando aparece.
Cuando una relación se deteriora, es fácil concentrarnos exclusivamente en lo que la otra persona hizo. Sin embargo, la restauración también requiere mirar nuestro propio corazón y reconocer la responsabilidad que nos corresponde.
Jesús dice:
“Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano” (Mateo 18:15, RV1960).
No se trata de alimentar conversaciones a espaldas de la persona ni de acumular silenciosamente el resentimiento hasta que explote. Se trata de acercarse, hablar con verdad y buscar restauración. La resolución bíblica del conflicto busca no solamente solucionar un desacuerdo humano, sino también honrar a Dios y procurar la reconciliación (Sande, 2004).
El conflicto puede ser inevitable; alimentar el resentimiento no tiene por qué serlo.
El perdón comienza en un corazón que reconoce lo que lleva dentro
Perdonar no significa fingir que nada ocurrió. Tampoco significa negar el dolor, justificar una conducta incorrecta o apresurarnos a decir que todo está bien cuando todavía existen asuntos que necesitan ser tratados.
El perdón cristiano tampoco elimina la necesidad de establecer límites saludables cuando una relación continúa siendo dañina. Perdonar significa renunciar a convertir la ofensa en una deuda que seguimos cobrando emocionalmente una y otra vez, dejando el asunto en las manos de Dios y buscando responder desde su gracia.
Una de las imágenes más significativas para comprender este proceso es la del árbol. Las raíces representan aquello que sostiene la vida de la persona; las ramas muestran lo que se desarrolla a partir de ellas y los frutos hacen visible lo que está ocurriendo en el interior.
La enseñanza es sencilla: Lo que vemos en la superficie muchas veces tiene raíces más profundas. Un fruto deteriorado no siempre se resuelve tratando solamente el fruto. Hay que preguntarse qué está ocurriendo en las raíces.
La misma idea puede aplicarse al resentimiento. Una reacción fuerte frente a una situación presente puede estar relacionada con experiencias anteriores, formas aprendidas de relacionarse, recuerdos dolorosos o heridas que nunca fueron atendidas. Esto no significa que toda dificultad actual tenga necesariamente su origen en la infancia ni que cada problema emocional deba interpretarse exclusivamente desde una perspectiva espiritual.
Sí significa que, en determinados procesos de consejería, puede ser necesario prestar atención a aquello que una persona lleva consigo y que está influyendo en la manera como responde hoy.
La Escritura lo expresa de esta manera: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23, RV1960).
Lo que guardamos termina encontrando alguna forma de expresión. Puede aparecer en nuestras palabras, en nuestra manera de relacionarnos, en nuestra dificultad para confiar o incluso en nuestra resistencia a perdonar.
Perdonar no significa olvidar el dolor
Una de las confusiones más frecuentes alrededor del perdón consiste en pensar que una persona verdaderamente perdonada debería dejar de sentir inmediatamente cualquier dolor relacionado con lo sucedido.
Pero perdonar y dejar de sentir no son necesariamente la misma cosa.
Una persona puede decidir perdonar y, al mismo tiempo, necesitar tiempo para procesar tristeza, decepción o pérdida. La decisión espiritual de no alimentar el resentimiento no obliga a negar las emociones que todavía necesitan ser comprendidas.
Por eso, hablar de sanidad emocional requiere responsabilidad. El perdón puede formar parte de un proceso de restauración, pero no debe presentarse como una fórmula automática que elimina cualquier herida psicológica.
En algunos casos será necesario conversar, recibir acompañamiento pastoral o recurrir a profesionales capacitados para abordar situaciones que requieren atención clínica. La consejería cristiana puede integrar la fe, la oración, la Escritura y el acompañamiento responsable sin reducir toda experiencia emocional a una sola causa.
Dentro del proceso grupal se propone también un ejercicio de introspección en el que cada participante utiliza una fotografía de su infancia y escribe una carta dirigida a ese niño que fue, reconociendo experiencias que quizá todavía tienen algún peso en su historia. La propuesta busca abrir un espacio personal para reconocer lo vivido delante de Dios, no presentarse como una técnica clínica capaz de garantizar por sí misma la sanidad emocional.
Perdonar no borra lo vivido; cambia la manera en que decidimos vivir después de lo vivido.
La responsabilidad personal cambia la manera de relacionarnos
Mientras permanezcamos concentrados exclusivamente en lo que el otro debe cambiar, nuestra propia capacidad de actuar queda condicionada a la conducta de esa persona. Pero cuando reconocemos nuestra parte, recuperamos la posibilidad de responder de otra manera.
Esto no significa asumir culpas que no corresponden. Significa preguntarnos con honestidad qué hemos hecho con aquello que nos ocurrió.
¿Hemos permitido que una ofensa determine nuestra manera de tratar a los demás?
¿Hemos convertido una decepción en una razón para desconfiar de todas las personas?
¿Estamos repitiendo en nuestras relaciones actuales respuestas aprendidas en otros momentos de nuestra vida?
¿Hemos pedido a Dios que transforme nuestro corazón o solamente que cambie a la persona que nos hirió?
Pablo escribe:
“Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:32, RV1960).
La medida del perdón cristiano no comienza en lo que la otra persona merece, sino en la misericordia que nosotros hemos recibido. Esto no hace pequeño el daño sufrido; cambia la manera en que decidimos responder a él.
Perdonar también es recuperar la libertad de decidir cómo responder.
El perdón también transforma la manera de servir
Cuando un conflicto ocurre dentro de un grupo cristiano, sus consecuencias pueden extenderse más allá de las personas directamente involucradas. Un equipo que comparte responsabilidades necesita confianza, compromiso, comunicación y capacidad para asumir responsabilidades (Lencioni, 2002).
En un contexto ministerial, estos aspectos también adquieren una dimensión espiritual, porque las relaciones entre quienes sirven forman parte del testimonio que ofrecen.
En un grupo de alabanza, por ejemplo, las dificultades interpersonales pueden afectar la dinámica del equipo y su servicio. Por eso, además de abordar las manifestaciones externas del conflicto, es importante trabajar aspectos como la comunicación asertiva, la mediación pastoral, la oración, el liderazgo y la responsabilidad personal.
La meta no es construir un grupo donde nunca existan desacuerdos. Es formar personas capaces de enfrentarlos de una manera diferente.
Una comunidad madura no es aquella donde todos piensan igual, sino aquella donde las diferencias pueden tratarse con verdad, respeto, humildad y disposición para restaurar.
El perdón abre nuevamente el camino
Hay relaciones que necesitan una conversación. Otras necesitan límites. Algunas requieren tiempo. Y algunas pueden llegar a una reconciliación profunda.
El perdón no obliga a que todas las historias terminen de la misma manera, pero sí puede cambiar aquello que la ofensa está produciendo dentro de nosotros. Cuando dejamos de alimentar el resentimiento, comenzamos a recuperar espacio interior para la paz. Cuando asumimos nuestra responsabilidad, dejamos de esperar que el otro sea quien dé el primer paso para que nuestra propia vida pueda avanzar. Cuando llevamos nuestras heridas delante de Dios, podemos reconocer que nuestra historia no termina en aquello que nos hicieron. Y cuando aprendemos a perdonar desde la gracia recibida en Cristo, el conflicto deja de tener la última palabra.
La restauración de una relación puede comenzar con algo tan sencillo y tan difícil como reconocer: “Esto me dolió”.
Después puede venir una conversación, una oración, una decisión, un límite, una disculpa o un acto de perdón. No todas las historias serán iguales, pero el principio permanece: Dios llama a su pueblo a buscar la paz, practicar la misericordia y caminar en la verdad.
Pablo escribe:
“Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Romanos 12:18, RV1960).
Hay dos expresiones en este versículo que merecen atención: “si es posible” y “en cuanto dependa de vosotros”. La primera reconoce que no controlamos todas las respuestas de los demás; la segunda nos recuerda que sí tenemos responsabilidad sobre nuestra propia respuesta.
Tal vez allí se encuentre una de las claves más profundas del perdón: no podemos controlar lo que otra persona hará con nuestra historia, pero sí podemos decidir qué haremos nosotros con la historia que Dios nos ha permitido vivir.
El perdón no cambia el pasado. Pero puede cambiar lo que el pasado sigue haciendo en nuestro corazón.
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Por Liesel Nicole Ramírez León
Estudiante del Instituto en Consejería Cristiana
Universidad Cristiana Logos
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