Hay personas que llegan a una conversación de consejería diciendo que están cansadas, confundidas, heridas o atrapadas en una situación que parece repetirse una y otra vez. Otras llegan después de muchos años intentando resolver solas aquello que les causa dolor. En ese contexto aparece una pregunta que ha acompañado a la consejería cristiana durante décadas: ¿cómo puede la fe bíblica hablar realmente a los problemas que afectan el corazón, las decisiones, las relaciones y la vida cotidiana?
La consejería noutética nació precisamente alrededor de esa pregunta. Desarrollada por el teólogo y consejero Jay E. Adams, esta perspectiva buscó recuperar el lugar de las Escrituras en el cuidado pastoral y presentar la consejería como un ministerio profundamente relacionado con la vida cristiana. Su obra Competent to Counsel, publicada originalmente en 1970, se convirtió en uno de los textos fundamentales de este movimiento.
Pero hablar de consejería noutética no significa simplemente hablar de confrontar a una persona por su pecado. Reducirla a eso sería perder una parte importante de su propuesta. En su planteamiento aparecen tres ideas estrechamente relacionadas: preocupación, confrontación y cambio. Adams entendía la confrontación como una intervención personal realizada desde el interés genuino por el otro y orientada hacia los cambios que Dios demanda en la vida del creyente (Adams, 1970).
Ahí comienza una conversación mucho más interesante.
La palabra que dio nombre a un movimiento
El término “noutético” proviene del griego noutheteō, utilizado en el Nuevo Testamento con sentidos relacionados con amonestar, instruir o corregir. Adams adoptó el término para distinguir su propuesta de los modelos de consejería que, a su juicio, estaban tomando como fundamento principal categorías provenientes de la psicología secular en lugar de las Escrituras.
Su preocupación no era simplemente cambiar el vocabulario de la consejería. Adams quería recuperar una convicción teológica: la Biblia tiene algo que decir acerca de la manera en que una persona piensa, decide, ama, sufre, peca, se relaciona con otros y crece en su relación con Dios.
Pablo escribió:
“Y estoy seguro de vosotros, hermanos míos, de que vosotros mismos estáis llenos de bondad, llenos de todo conocimiento, de tal manera que podéis amonestaros los unos a los otros.” (Romanos 15:14, RV1960).
La palabra utilizada por Pablo se encuentra en el campo semántico que dio origen al concepto noutético. Esto resulta significativo porque presenta el cuidado mutuo no como una actividad exclusiva de especialistas, sino también como una responsabilidad de la comunidad cristiana.
La consejería noutética, por tanto, nació dentro de una visión más amplia del discipulado. No se trataba solamente de sentarse con una persona que tenía un problema. Se trataba de ayudarla a pensar y vivir delante de Dios.
Confrontar no significa atacar
La palabra “confrontación” puede producir cierta resistencia. En el lenguaje cotidiano parece implicar una discusión, una acusación o incluso una actitud de superioridad. Sin embargo, dentro de la propuesta noutética, la confrontación debía estar vinculada con la preocupación genuina por la persona.
Ese matiz es fundamental; una persona no debería ser confrontada simplemente porque el consejero quiere demostrar que tiene razón. La finalidad es ayudarla a reconocer aquello que necesita cambiar a la luz de la Palabra de Dios. Adams relacionó esta confrontación con el cuidado del otro y con un proceso de transformación cuyo modelo es Cristo (Adams, 1977).
Por eso, la consejería noutética no puede reducirse a decirle a alguien: “Usted está pecando”. Esa frase, aislada de la relación, del contexto, de la gracia y del propósito restaurador de la consejería, puede convertirse en una acusación y no en cuidado pastoral.
La Escritura presenta otra manera de hablar la verdad:
“sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo.” (Efesios 4:15, RV1960).
La verdad importa. El amor también. Una consejería cristiana que conserva la verdad pero pierde el amor deja de parecerse al propósito bíblico. Y una consejería que habla de amor pero evita toda verdad tampoco ayuda a la persona a crecer.
¿Dónde entra el pecado?
Aquí encontramos uno de los aspectos más característicos de la consejería noutética. Adams consideraba que muchos problemas de la vida humana tienen una dimensión moral y espiritual que no debe ignorarse. Pensamientos, actitudes, decisiones y comportamientos pueden estar relacionados con el pecado y, por tanto, necesitan ser confrontados desde la Escritura.
Eso no significa que toda dificultad emocional sea consecuencia directa de un pecado específico.
Esta distinción es esencial; la Biblia misma presenta situaciones de sufrimiento que no pueden reducirse de manera sencilla a una transgresión personal. Job es un ejemplo evidente. También existen enfermedades, pérdidas, circunstancias familiares, traumas y condiciones psicológicas que requieren una comprensión más amplia.
Por eso, utilizar la consejería noutética de manera responsable exige evitar respuestas automáticas. No todo sufrimiento se resuelve diciendo “arrepiéntase”. Pero tampoco todo problema debe interpretarse exclusivamente desde categorías psicológicas que excluyan la responsabilidad moral, la espiritualidad y la relación con Dios.
La persona necesita ser escuchada en su totalidad y es en ese sentid que, el concepto bíblico del corazón resulta especialmente valioso. En la Escritura, el corazón no es simplemente el lugar de los sentimientos. Comprende la vida interior de la persona: pensamientos, deseos, decisiones, motivaciones y afectos.
Proverbios afirma:
“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; Porque de él mana la vida.” (Proverbios 4:23, RV1960).
Cuando la consejería cristiana pregunta qué está ocurriendo en el corazón, no está buscando únicamente identificar emociones. Está tratando de comprender qué ama la persona, qué teme, qué espera, qué cree, qué está buscando y cómo esas realidades están influyendo en sus decisiones.
El cambio no termina en reconocer el problema
Una de las características más interesantes del enfoque noutético es que no considera suficiente identificar lo que está mal. La consejería busca cambio.
Pero ¿cambio hacia dónde?
Para Adams, el estándar no debía ser simplemente que la persona se sintiera mejor o que aprendiera a funcionar de manera más eficiente. El objetivo estaba relacionado con conformarse a Cristo. Pablo expresa esa dirección de manera extraordinaria: “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.” (Efesios 4:13, RV1960).
Esto cambia la pregunta de la consejería. Ya no se trata únicamente de “¿cómo puedo dejar de sentirme mal?”, sino también de “¿qué está haciendo Dios en mi vida a través de este proceso?” y “¿cómo puedo aprender a vivir de una manera que honre a Cristo?”.
La sanidad, desde esta perspectiva, no consiste solamente en eliminar síntomas. Incluye crecimiento, arrepentimiento cuando corresponde, renovación de la mente, restauración de relaciones y aprendizaje de nuevas formas de responder y es aquí donde la gracia ocupa un lugar indispensable.
La gracia impide que la consejería se convierta en condenación
Una de las críticas que históricamente se han planteado alrededor de la consejería noutética tiene que ver precisamente con el riesgo de que la confrontación sea percibida como legalismo o como una reducción de los problemas humanos a responsabilidad moral. Dentro del propio movimiento de consejería bíblica se desarrollaron posteriormente conversaciones acerca de cómo mantener unidas la verdad, la gracia, el evangelio y el cuidado de la persona. David Powlison, por ejemplo, insistió en que la gracia no puede ser un elemento secundario dentro de la consejería bíblica, sino que debe atravesar todo el proceso (Powlison, 1999).
Esto resulta fundamental; el consejero cristiano no se sienta frente a una persona desde una posición de perfección. También es un pecador necesitado de gracia.
Pablo escribió: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.” (Efesios 4:32, RV1960).
La confrontación cristiana no busca humillar sino que busca restaurar. Cuando una persona reconoce que ha pecado, el objetivo no es mantenerla indefinidamente bajo la culpa. Es llevarla hacia el arrepentimiento y la gracia de Dios. Y cuando una persona está sufriendo por circunstancias que no escogió, el objetivo tampoco es encontrar culpables a toda costa. Es acompañarla con verdad, compasión y sabiduría.
Una consejería bíblica responsable necesita escuchar bien
Quizá este sea uno de los mayores desafíos para quienes desean practicar consejería cristiana actualmente. No basta con conocer muchos versículos. Hay que saber interpretarlos, aplicarlos y comprender a la persona que tenemos delante.
El propio Adams reconoció la importancia de la hermenéutica y la exégesis para la consejería bíblica, precisamente porque una Escritura mal interpretada puede convertirse en una herramienta de daño en lugar de cuidado.
Esto debería hacernos pensar: Un consejero puede tener buenas intenciones y, aun así, equivocarse en la manera de aplicar un texto bíblico. Puede escuchar una sola parte de la historia y sacar conclusiones precipitadas. Puede confundir una dificultad psicológica con un problema espiritual o, al contrario, ignorar una dimensión espiritual que la persona necesita atender.
La consejería requiere humildad, y también requiere reconocer los límites de la propia formación. Hay situaciones en las que será necesario trabajar conjuntamente con profesionales de la salud mental o remitir a la persona para una evaluación especializada. La consejería cristiana no pierde su identidad por reconocer la existencia de otras disciplinas; lo que necesita es mantener claridad acerca de sus fundamentos, sus competencias y sus límites.
Recuperar el propósito de acompañar
El gran aporte de la consejería noutética puede entenderse, más allá de las discusiones metodológicas, como un llamado a no separar la vida espiritual de la vida cotidiana. Lo que una persona cree acerca de Dios afecta la manera en que interpreta el sufrimiento, enfrenta sus decisiones, maneja sus relaciones y responde ante sus propios errores.
La consejería cristiana tiene allí un campo enorme de servicio, ya que no se trata simplemente de corregir conductas, sino de acompañar personas.
No se trata de llenar una conversación de versículos. Se trata de permitir que la Palabra de Dios ilumine verdaderamente la situación que la persona está viviendo.
Y tampoco se trata de reemplazar el cuidado profesional cuando este es necesario. Se trata de ofrecer una atención cristiana responsable, centrada en Cristo, sensible a la realidad humana y comprometida con la verdad y la gracia.
Quizá por eso la pregunta que permanece después de conocer la consejería noutética no sea únicamente qué técnica debemos utilizar. La pregunta es mucho más profunda: ¿qué significa cuidar bíblicamente el alma de una persona?
Pablo escribió:
“Y nosotros anunciamos a Cristo, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre.” (Colosenses 1:28, RV1960).
La consejería cristiana encuentra allí una dirección clara: anunciar a Cristo, enseñar, amonestar cuando sea necesario y acompañar con sabiduría, teniendo como horizonte la madurez espiritual.
La persona que busca ayuda no necesita solamente que alguien le diga qué está haciendo mal. Necesita encontrar un espacio donde pueda ser escuchada, confrontada con verdad, recibida con gracia y orientada hacia un cambio que tenga sentido delante de Dios. Eso es mucho más que dar consejos, es cuidar a una persona.
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Por María del Pilar Salazar
Decana Académica
Univ. Logos
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