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Ansiedad y fe: cuando la presión de la vida parece demasiado

Hay momentos en la vida en los que una preocupación se suma a otra hasta que todo parece demasiado. Puede ser una madre agotada que siente que no logra responder a todo lo que su familia necesita, una persona preocupada por sus finanzas, alguien que atraviesa dificultades en su matrimonio, una enfermedad, una pérdida, problemas laborales o simplemente una temporada en la que las responsabilidades parecen acumularse sin dar espacio para respirar.

En esos momentos puede aparecer la ansiedad. El corazón se acelera, la mente no deja de pensar, el sueño se altera y hasta las tareas más sencillas parecen difíciles. A veces, además del peso de lo que estamos viviendo, aparece otra carga: pensar que, por tener fe, deberíamos ser capaces de manejarlo todo sin sentirnos desbordados.

Pero la fe no significa que nunca nos sentiremos abrumados. Significa que no tenemos que enfrentar esos momentos solos.

Cuando la vida parece demasiado

Hay una diferencia entre tener una preocupación y vivir bajo una presión constante. Todos enfrentamos situaciones difíciles, pero cuando las preocupaciones se acumulan, nuestra capacidad para afrontarlas puede verse afectada.

Una persona puede estar intentando cuidar a su familia, cumplir con sus responsabilidades, responder a las expectativas de otros y mantener una apariencia de normalidad mientras por dentro siente que ya no puede más. En ocasiones, quienes están alrededor ni siquiera lo perciben porque la persona continúa trabajando, atendiendo a otros y cumpliendo con sus obligaciones.

La presión también puede venir de expectativas que nosotros mismos hemos construido. Queremos hacerlo todo bien, no decepcionar a nadie, mantener una buena imagen y demostrar que somos capaces. En el ámbito cristiano puede aparecer además la idea equivocada de que reconocer cansancio, tristeza o ansiedad demuestra una fe insuficiente.

La Biblia presenta una realidad diferente. David habló abiertamente de su angustia. Elías experimentó un profundo agotamiento después de un período de enorme presión. Incluso Jesús, antes de la cruz, expresó la intensidad de su angustia.

Sentirse abrumado no convierte a una persona en menos espiritual. Somos seres humanos, y nuestras emociones forman parte de nuestra experiencia.

Por supuesto, no toda preocupación significa que exista un trastorno de ansiedad. Hay situaciones normales de tensión, períodos de tristeza y momentos de cansancio que forman parte de la vida. Sin embargo, cuando los síntomas son persistentes, intensos o comienzan a afectar significativamente el funcionamiento cotidiano, es necesario prestarles atención y buscar la ayuda correspondiente.

La ansiedad también puede aparecer cuando intentamos cargar con todo

Una de las preguntas que vale la pena hacerse cuando todo parece demasiado es: ¿qué estoy intentando cargar solo o sola?

No siempre podemos cambiar inmediatamente las circunstancias que nos producen preocupación. Pero sí podemos reconocer que no fuimos creados para llevar todas las cargas sin ayuda.

Pablo escribió:

“Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.” (Gálatas 6:2, RV1960).

La vida cristiana contempla precisamente la posibilidad de necesitar a otros. Hay temporadas en las que podemos ayudar y otras en las que necesitamos ser ayudados. Ambas forman parte de una comunidad saludable.

A veces el acompañamiento necesario es muy práctico. Una persona agotada puede necesitar que alguien prepare una comida, ayude con los niños, haga una diligencia, acompañe a una cita médica o simplemente se siente a escuchar. No todo apoyo tiene que comenzar con un consejo.

También necesitamos aprender a preguntar de una manera diferente. En lugar de “¿por qué está tan preocupada?”, quizá sea mejor preguntar: “¿Qué está siendo demasiado para usted en este momento?”. Esa pregunta puede abrir una conversación que permita identificar qué está generando la carga.

Tener fe no significa dejar de pedir ayuda

La confianza en Dios y la búsqueda de ayuda no son caminos opuestos.

Pedro escribió:

“Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.” (1 Pedro 5:7, RV1960).

Llevar nuestra ansiedad delante de Dios no significa negar lo que sentimos. Significa reconocer que Él conoce nuestra situación y que podemos acercarnos a Él con aquello que nos preocupa.

Pero Dios también puede utilizar personas y recursos para ayudarnos. La familia, los amigos, la iglesia, un consejero, un psicólogo o un médico pueden formar parte de ese proceso de cuidado. Buscar ayuda profesional cuando es necesaria no representa una falta de fe.

Esto resulta especialmente importante cuando la ansiedad o la tristeza dejan de ser pasajeras y comienzan a interferir con la vida diaria. Problemas persistentes de sueño, cambios importantes en el apetito, desesperanza, ansiedad intensa, dificultad para realizar las actividades cotidianas o pensamientos de hacerse daño requieren atención profesional.

La consejería cristiana puede acompañar muchos de estos procesos, pero también debe reconocer sus límites. Una buena consejería no intenta reemplazar aquello que corresponde a la atención médica o psicológica. Saber cuándo acompañar y cuándo derivar también es parte de cuidar.

La fe puede cambiar la manera de atravesar la presión

La fe no siempre cambia inmediatamente las circunstancias, pero puede cambiar la manera en que las enfrentamos.

Pablo escribió: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.” (Filipenses 4:6, RV1960).

El pasaje no presenta una vida sin problemas. Presenta una manera distinta de relacionarnos con aquello que nos preocupa: llevarlo delante de Dios.

Eso significa que podemos decirle al Señor que estamos cansados. Podemos reconocer que tenemos miedo. Podemos admitir que no sabemos qué hacer. Podemos pedir sabiduría para tomar una decisión y también fortaleza para atravesar una situación que no podemos cambiar inmediatamente.

La espiritualidad saludable no exige esconder las emociones. Nos permite llevarlas a Dios.

Por eso, cuando todo parece demasiado, quizá no necesitemos comenzar preguntándonos cómo hacer para soportarlo todo. Podemos comenzar preguntándonos qué necesitamos entregar, qué necesitamos ordenar y qué ayuda necesitamos recibir.

Una iglesia que sabe acompañar

Cuando una persona llega a la iglesia con ansiedad, tristeza o agotamiento, nuestra respuesta puede convertirse en parte de su alivio o de su carga.

Hay momentos en los que una persona necesita una palabra bíblica. Hay otros en los que necesita que alguien permanezca a su lado mientras atraviesa una situación difícil. Y muchas veces necesita ambas cosas.

Pablo escribió: “Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis.” (1 Tesalonicenses 5:11, RV1960).

Animar no significa decirle a alguien que deje de preocuparse. Acompañar no significa tener una respuesta para cada problema. En muchas ocasiones significa escuchar, estar disponible y ayudar a la persona a identificar el siguiente paso.

Esto es particularmente necesario en etapas de grandes cambios, como el nacimiento de un hijo, un duelo, una enfermedad, una separación, una crisis económica o una transición importante. El cansancio físico y emocional puede acumularse hasta hacer que una persona sienta que ya no tiene recursos suficientes para continuar.

La familia y la iglesia pueden convertirse entonces en una verdadera red de apoyo. Una llamada, un mensaje, una oración, una comida o unas horas de ayuda pueden parecer acciones pequeñas, pero para alguien que está atravesando una temporada difícil pueden representar una diferencia significativa.

Cuando no podemos con todo

Quizá una de las ideas más liberadoras para quien vive bajo presión sea reconocer que no tenemos que poder con todo.

Hay circunstancias que no podemos resolver inmediatamente. Hay pérdidas que necesitan tiempo. Hay problemas familiares que requieren procesos largos. Hay situaciones de salud que exigen tratamiento. Hay temporadas en las que sencillamente necesitamos disminuir el ritmo y permitir que otros nos ayuden.

La fe no consiste en aparentar que nada nos afecta. Consiste en saber dónde llevar aquello que nos afecta.

Jesús dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” (Mateo 11:28, RV1960).

Estas palabras adquieren un significado especial cuando sentimos que las responsabilidades, las preocupaciones y las expectativas se han acumulado hasta el punto de pensar que ya no podemos más. Cristo no llama únicamente a quienes tienen todo resuelto. Llama precisamente a quienes están cansados y cargados.

Por eso, cuando la presión de la vida parezca demasiado, quizá el primer paso no sea exigirnos más. Puede ser detenernos, reconocer lo que estamos viviendo, llevarlo delante de Dios y permitir que otras personas nos acompañen.

La ansiedad merece ser escuchada. El cansancio merece ser reconocido. La ayuda no debe producir vergüenza.

Y la fe puede recordarnos algo que necesitamos escuchar precisamente en esos momentos: no estamos solos, y no tenemos que llevar todas las cargas por nosotros mismos.

Por Laura Dizeo de Rossetti
Estudiante de la Certificación de Consejería Cristiana: Trauma
CNS342 – Trastornos del Estado de Ánimo CCC-Trauma
Universidad Cristiana Logos

Adaptado para formato de blog por María del Pilar Salazar
Decana Académica
Univ. Logos

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