Es común querer ayudar a alguien que sufre sin saber realmente cómo hacerlo. Un familiar atraviesa una crisis de ansiedad, un amigo enfrenta una pérdida, un miembro de la congregación carga una angustia que no logra nombrar, y la respuesta más frecuente nace de la buena voluntad: un consejo apresurado, una frase espiritual repetida de memoria, un silencio incómodo que se llena con palabras que no ayudan. La intención de acompañar casi nunca falta. Lo que con frecuencia falta es la formación para hacerlo bien. Cerrar la conversación sobre la ansiedad que hemos sostenido en los últimos meses exige, precisamente, dar este paso: mirar no solamente a quien sufre, sino a quien intenta sostenerlo.
La buena intención no siempre basta
Cuando alguien comparte su dolor, la reacción natural de quien escucha suele ser aliviar la incomodidad lo más rápido posible. Surgen frases hechas, comparaciones poco oportunas, o consejos que minimizan la experiencia del otro sin proponérselo. Egan (2014) advierte que muchas de las respuestas espontáneas frente al sufrimiento ajeno están más orientadas a calmar la ansiedad de quien escucha que a sostener verdaderamente a quien habla. No es falta de amor. Es falta de entrenamiento.
En el ámbito cristiano, este problema se agrava cuando el lenguaje espiritual se convierte en un atajo. Decir “ten fe” o “todo pasa por algo” puede ser cierto en algún nivel teológico, pero dicho en el momento equivocado, sin escucha previa, comunica que el dolor del otro incomoda más de lo que importa. Existe, además, una presión implícita en muchos espacios de liderazgo cristiano: la sensación de que un líder maduro siempre debe tener una respuesta lista. Esa expectativa, lejos de fortalecer el acompañamiento, suele empujar a quien ayuda a hablar antes de comprender. Acompañar bien requiere resistir el impulso de resolver de inmediato lo que, en realidad, primero necesita ser escuchado.
Modelos bíblicos de un acompañamiento sostenido
La Escritura ofrece ejemplos concretos de lo que significa sostener a otra persona sin desplazarla ni resolver por ella. Durante la batalla contra Amalec, Moisés debía mantener las manos levantadas para que Israel prevaleciera, pero el cansancio físico amenazaba con interrumpir esa postura. La solución no fue que Moisés se esforzara solo: “Aarón y Hur sostenían sus manos, el uno de un lado y el otro de otro; así hubo firmeza en sus manos hasta que se puso el sol” (Éxodo 17:12, RV1960). Nadie tomó el lugar de Moisés. Simplemente sostuvieron lo que él ya no podía sostener solo.
Algo similar ocurre entre Jonatán y David, en uno de los momentos más vulnerables de este último, perseguido y escondido en el desierto. El texto describe la visita de Jonatán con una frase breve pero contundente: “fortaleció su mano en Dios” (1 Samuel 23:16, RV1960). Jonatán no resolvió la persecución de David ni cambió sus circunstancias. Lo acompañó hasta que la fe de David, momentáneamente debilitada, recuperó dirección. En ambos relatos, acompañar no significó actuar en lugar del otro, sino permanecer junto a él el tiempo necesario.
Acompañar no es resolver
Uno de los relatos más instructivos sobre los límites del acompañamiento aparece, paradójicamente, en un libro dedicado casi por completo al sufrimiento. Cuando los amigos de Job se enteran de su tragedia, su primera reacción es notablemente acertada: “se sentaron con él en tierra siete días y siete noches, y ninguno le hablaba palabra, porque veían que su dolor era muy grande” (Job 2:13, RV1960). Esa presencia silenciosa, sin explicaciones ni diagnósticos, fue probablemente lo más sano que ofrecieron en todo el libro.
El problema llegó después, cuando decidieron hablar. Sus largos discursos, cargados de teología abstracta sobre el sufrimiento y el pecado, terminaron lastimando más de lo que sanaron. Clinebell (1984) señala que uno de los errores más frecuentes en el acompañamiento pastoral es sustituir la presencia genuina por explicaciones que buscan, sobre todo, tranquilizar a quien las ofrece. Acompañar no significa tener una respuesta para cada pregunta. Significa permanecer presente incluso cuando no hay una explicación satisfactoria que dar, y saber distinguir el momento en que el silencio ayuda más que cualquier palabra.
El acompañamiento como una competencia que se desarrolla
Existe la idea, bastante extendida en algunos ambientes cristianos, de que el acompañamiento emocional depende exclusivamente de un don espiritual: algunas personas simplemente lo tienen y otras no. La Escritura, sin embargo, describe la madurez como algo que se entrena, no solamente como algo que se recibe. El autor de Hebreos lo expresa con una imagen precisa: “el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” (Hebreos 5:14, RV1960). La palabra ejercitados describe una práctica constante, no un talento espontáneo.
Escuchar con atención, hacer preguntas que abran en lugar de cerrar, identificar cuándo callar y cuándo intervenir, sostener la emoción del otro sin absorberla como propia, son habilidades que mejoran con formación deliberada. Egan (2014) documenta cómo incluso quienes tienen una disposición natural hacia la empatía mejoran notablemente su capacidad de ayudar cuando reciben entrenamiento estructurado. La compasión inicia el acompañamiento. La formación lo sostiene en el tiempo, y permite que esa compasión se traduzca en una ayuda verdaderamente eficaz, no solamente bien intencionada.
A lo largo de los últimos blogs hemos hablado de personajes bíblicos que enfrentaron ansiedad, agotamiento y angustia: Elías, David, Marta, Pablo, y el propio Jesús en Getsemaní. Casi todos ellos, en algún momento, contaron con alguien que los sostuvo: un ángel que alimentó a Elías, un amigo que fortaleció la mano de David, un Padre que escuchó la oración de Jesús en el huerto. La calidad de ese acompañamiento no fue casualidad. Reflejó una sensibilidad que también puede cultivarse y perfeccionarse.
Querer ayudar a quienes sufren ansiedad, duelo o crisis emocionales es un impulso valioso, pero insuficiente por sí solo. La diferencia entre una buena intención y un acompañamiento verdaderamente transformador está, casi siempre, en la formación.
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Por María del Pilar Salazar
Decana Académica
Univ. Logos
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